Mi primer mar

M
Morro Terco. Playa en Nuquí, Pacífico colombiano. Septiembre de 2016.

El trayecto cubría la zona sur de Colombia hasta que se funde con Ecuador, adentrándose hasta Quito, el destino final. De Cali a Quito, hay algo más de 400 kilómetros en línea recta. Viajando por tierra es el doble, lo que supone más de un día de viaje. Hicimos la travesía en el Renault 4 de mi abuelo, un carro del que tengo un recuerdo nítido, como una fotografía en la que podría identificar con precisión el pantone del amarillo.

Viajamos seis personas en este carro diseñado para cuatro pasajeros. Adelante íbamos mi abuelo, al volante, y en el asiento del copiloto mi abuela y yo (yo comprimida por sus grandezas).  Atrás iban mis tres tíos más jóvenes, todos “sardinitos” y tan llenos de ilusión que hasta derrochaban simpatía.

Yo me sentía plena. Me enfrentaba a un viaje lleno de paisajes en compañía de ese hombre bonachón que se cruzó en mi vida como el mejor de los abuelos sin que en realidad lo fuera. Él señor Victor, mi abuelo, estaba unido a mí por amor y no por sangre; era un ser maravilloso. Sólo siete años me bastaron para sentirlo y saberlo con seguridad.

Recorrimos esa parte baja de Colombia, llena de paisajes verdísimos que a penas cabían por la ventana del R4, y que a penas dejaban espacio para respirar.  Recuerdo colores y texturas que se sobreponían como en una colcha de retazos. Y ese olor a pasto mojado. Y el frío de aquel lugar que ve partirse en tres a los Andes cuando irrumpe en Colombia. Por allí cruzamos, a muy poca velocidad, serpenteando la montaña. Yo me sentía feliz de verle a él con su piel brillante y su cuerpo grande, protector.  Feliz porque estar cerca de él era estar siempre bien. Allí lo tuve todo: a él y la ventana de su R4 que me regalaban el mundo por primera vez.

Recuerdo que durante todo el viaje usé la camiseta de Menudo. Una camiseta roja, de una tela parecida al satín, con la imagen tipo postal de ese grupo musical que me hizo llorar sin consuelo, como si a mis entonces siete años yo supiera que el despecho por amor existía.  No me quité la camiseta ningún día del viaje como no me he quitado esa sensación de despecho 28 años después. Como no le quité los ojos a mi abuelito ni un solo día de ese viaje al sur.

Recuerdo entre sombras el momento en que llegamos a Atacames. Primero vi una especie de río no muy ancho, que resultó ser, según mi abuela, un brazo de mar. Y ¿qué cuernos era el mar? Entonces recuerdo el Pacífico como en una imagen congelada, su olor y su sonido, su atardecer naranja que me incendió el alma.

Así conocí el mar de la mano de mi abuelo. Y no lo olvidé nunca; ni por el atardecer, ni por el olor a sal, ni por la brisa que acaricia, ni por la mano de ese hombre que me sostuvo con amor y seguridad. Este abuelo que ya no está y que tantas, tantas veces he querido volver a ver y, tantas otras, volver a abrazar.

Mi abuelo y yo en su casa de Cali. 1983.

 

Comentar



Carolina

Soy Carolina González González. Soy colombiana y vivo en España. Estudié Comunicación Social y Periodismo y Marketing. He trabajado durante muchísimos años en Marketing y Comunicación empresarial. Sin embargo, nunca he dejado de escribir; hay algo dentro de mí que me anima a escribir todo tal y como lo veo y, sobre todo, tal y como lo siento. Comulgo con que hacemos parte de la sociedad del cansancio. Y precisamente, para hacerle un poco el quite a ese cansancio, quiero seguir escribiendo.

Archivos