Me tumbo en el suelo. Los brazos junto al cuerpo, separo un poco las piernas, levanto el culo. Me tumbo al revés con las manos anudadas debajo de mi vientre, levanto la pierna derecha, recta, mientras el pie izquierdo la sostiene desde el muslo. Me encorvo. Me estiro. Los dedos largos. La cabeza arriba.
Ahora sentada y con las piernas cruzadas. Respiro hondo. Cuento: cuatro, tres, dos, uno… ¡afuera el aire! Luego elevo las dos piernas mientras me apoyo en la espalda y tiro fuerte hacia arriba. Las velas titilan en la penumbra. “La cabeza en blanco”, dicen. “Se hace lo que se puede”, pienso. “La cabeza difícilmente se queda en blanco”, reniego. Sin embargo mi respiración se normaliza y la fosa nasal derecha, siempre cerrada, se abre. Entra el aire y, como un ventilador, me mueve todo por dentro. No contengo unas lágrimas. Se me escapan dos. Ando contorsionando el cuerpo en mi clase de yoga, necesito estos estiramientos, estas torsiones, este oxígeno. Parece que se me estruja el cerebro. Me agoto. Respiro. Cuento. ¡Fuchi, fantasmas!. “Mente en blanco, venga, que sí puedo” me digo. “A rotar el cuello”, dicen. Y a mi se me zarandea el cerebro. Mente en blanco.
Noventa minutos después mi mente está de color negro oscuridad. Exhalo todo. Omm… ahora sí, pero todo negro. Nada de moscas que flotan en mis ojos por lo del humor vítreo. No, qué va, todo negro. Respiro. Respiro bien. Ahora es como si hubiese perdido diez kilos. Suspiro…, ¡lo logré! Estoy blandita. Como el algodón, esponjosa por dentro. Pero gelatina por fuera. Voy despacio. Poquito a poco.
¡Ay!… Me duermo.
