Me subí al coche y no paré de llorar. Hice el trayecto sin apenas conciencia de lo que pasaba en el exterior. Era como si me hubiese lanzado por un tobogán de hojalata, viejo e infinito, y mientras me deslizaba iba dejando trozos de piel engarzada en cada irregularidad oxidada.
Dolía. Y el dolor era un dolor sólido y metálico que taponaba toda la cavidad de la garganta.
Respiraba en medio de los mocos y cada inspiración ardía como una herida abierta cubierta de sal.
Sentí que del exterior solo me separaba una capa finita, como el ala de una mariposa, que en cualquier momento pasaría a ser polvillo y entonces yo quedaría derramada en medio del aire tóxico de esta ciudad y de la inclemencia del tráfico. Pensé que eso, al final, no estaría tan mal. Total, si duele así, si duele sin consuelo, es mejor atravesar el mundo como si tuviese la configuración de unas alas frágiles de mariposa, y desaparecer. O ir corriendo al cielo de los perritos. Y verle. Y abrazarle. Y saber que durante siempre no habrá otro perrito igual.
