Recorro esta casa con mi bolsa de agua caliente sujeta al pantalón del pijama, la llevo adherida a la parte baja de la espalda, como si fuese un cinturón con el arsenal necesario para librar una batalla. A media luz paseo por este lugar, buscando un lápiz para subrayar un poema que acabo de leer, con el único fin de que mi memoria senil de mujer de 37, recuerde que estas palabras mezcladas, un día, en plena guerra, me dijeron algo.
Lo escuché en la radio. Dijo que la poesía te coge por la espalda y te sorprende. A mí siempre me coge de frente, unas veces me abofetea, otras me dice en la cara lo que no quiero oír o lo que me empeño en no sentir.
Uno es uno cuando tiene público, cuando alguien al otro lado te dice que eres alguien, te toca y tú sientes. Con la poesía es igual, vuelves a la vida porque en las palabras te reconoces y es como si alguien te las dijera al oído: entonces existes.
La batalla se libra a diario. Las armas son las mismas. Pero hay un secreto que no está bien guardado: soy, porque hay alguien allí; al otro lado de mi boca, al otro lado del teléfono, al otro lado del océano. Soy porque hay palabras que han dicho otros, que han cantado otros, que han escrito otros, que a veces siento que me han sido robadas porque mientras las leo o las escucho, es como si yo misma las hubiese escrito, como si fuesen la entrevista de la radio hecha al poeta pero dicha por mí, como si fueran mis palabras, y no las suyas, contadas a mis amigos, en la mitad de una conversación candente, en la mitad de una copa de vino.
La batalla se libra a diario. Las armas son las mismas. La bolsa adherida a la espalda tiene tantos efectos terapéuticos como dolencias tiene el alma y el cuerpo. La poesía es un bálsamo siempre, sobre todo cuando las palabras del poeta son tan arrebatadoras que las quisiera mías. Y todo esto tras leer que “resulta imposible ser uno mismo a solas”… Que “ser independiente es poder elegir a quién necesitar”… Que “no existe mayor preso que el que duda entre dos puertas abiertas, ni hay nada más difícil de ignorar, que las cosas que hubieras preferido no saber”… Es así como un día, luego, el lápiz me recordará que estas palabras de Benjamín Prado me dijeron algo en medio de una batalla, me revelaron algo como un fantasma, en una casa a solas que un día fue mía.
