{"id":175,"date":"2012-07-10T23:57:05","date_gmt":"2012-07-10T21:57:05","guid":{"rendered":"http:\/\/www.desdeadentro.es\/?p=175"},"modified":"2020-06-25T12:59:29","modified_gmt":"2020-06-25T10:59:29","slug":"los-muertos-que-me-visitan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.desdeadentro.es\/index.php\/los-muertos-que-me-visitan\/","title":{"rendered":"Los muertos que me visitan"},"content":{"rendered":"<figure id=\"attachment_672\" aria-describedby=\"caption-attachment-672\" style=\"width: 720px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a href=\"https:\/\/www.desdeadentro.es\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/recoleta2.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-672 size-full\" src=\"https:\/\/www.desdeadentro.es\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/recoleta2.jpg\" alt=\"\" width=\"720\" height=\"483\" srcset=\"https:\/\/www.desdeadentro.es\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/recoleta2.jpg 720w, https:\/\/www.desdeadentro.es\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/recoleta2-300x201.jpg 300w, https:\/\/www.desdeadentro.es\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/recoleta2-580x389.jpg 580w, https:\/\/www.desdeadentro.es\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/recoleta2-320x215.jpg 320w\" sizes=\"auto, (max-width: 720px) 100vw, 720px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-672\" class=\"wp-caption-text\">Cementerio de la Recoleta. Buenos Aires, Argentina. Abril de 2011.<\/figcaption><\/figure>\n<p>Voy a 284 kil\u00f3metros por hora y a\u00fan as\u00ed mi t\u00eda Ligia me persigue en el pensamiento; en realidad, lo hace desde hace d\u00edas. Recuerdo la sensaci\u00f3n \u00e1cida en el coraz\u00f3n al hablar con ella pocos d\u00edas antes de su muerte, recuerdo claritas sus palabras sumergidas en lagunas de morfina. El c\u00e1ncer la venci\u00f3. Es ella quien me ha derivado el pensamiento en todos mis muertos. Los repaso, los cuento, recuerdo sus finales. Sobrecogida avanzo entre un par de muertes naturales y otras inducidas, pero en todos los casos dolorosas. Son recuerdos amorfos porque aparecen en medio de una nubosidad que siento que mezcla la realidad con la fantas\u00eda.<\/p>\n<p>Mi abuelo se durmi\u00f3 para siempre cuando yo ten\u00eda 7 a\u00f1os. Se le cans\u00f3 el coraz\u00f3n. Dos im\u00e1genes me quedaron de ese momento: una, fuera del hospital, en la calle gris y humeante que vigila al Seguro Social de Versalles, cerca de la rotonda.\u00a0 No s\u00e9 si era la ma\u00f1ana o la tarde pero s\u00e9 que hac\u00eda un calor infernal como suele ser el calor en mi Valle de az\u00facar. Recuerdo estar cerca del Renault 4 amarillo de mi abuelito y desear con todo mi coraz\u00f3n de ni\u00f1a peque\u00f1a que \u00e9l se asomara a la ventana del hospital, como una Julieta buscando un Romeo, que me agitara su mano y me saludara, o al menos me dijera adi\u00f3s. La segunda imagen es en casa de mi abuela, en medio de un aire espeso que conten\u00eda miedo, nervios y desespero, me soltaron la noticia. Me desplom\u00e9. Recuerdo que al despertar me dieron de beber algo caliente, estaba sentada a los pies de una cama, con los ojos muy abiertos y con la garganta \u00e1spera de gritar: una ni\u00f1a buscando comprender.<\/p>\n<p>Fue esa mi primera y m\u00e1s dolorosa muerte. Mi abuelos es un recuerdo dulce que, a\u00fan hoy, me habita todo el cuerpo.<\/p>\n<p>Mi t\u00edo Jaime, el hermano mayor de mi madre, era un hombre tremendamente triste que viv\u00eda hundido en un pasado que le ten\u00eda el alma invadida de llagas.\u00a0Tengo la sensaci\u00f3n de haberlo visto pocas veces en mi vida. Pienso en \u00e9l y soy consciente de que ahora mismo se me frunce el ce\u00f1o. Sus ojos son los ojos m\u00e1s tristes de mis recuerdos. Lo veo con su barba colorada, sus ojos claros y sus manos grandes, siempre est\u00e1 vestido en mi mente con una guayabera. Un d\u00eda la tristeza lo venci\u00f3. Se tom\u00f3 un raticida porque quer\u00eda, desde hac\u00eda ya mucho tiempo, que ese mundo gris donde habitaba se volviera de una buena vez negro y silencioso. Pero el raticida no le gan\u00f3 a su vida. As\u00ed que pasado un tiempo lo intent\u00f3 de nuevo: pastillas y licor. Y as\u00ed apag\u00f3 la luz para siempre.<\/p>\n<p>Tengo otro t\u00edo muerto. Edgar, el \u00fanico hermano de mi padre. No me gustaba su voz, ni su riguroso parecido f\u00edsico con mi pap\u00e1. Fue siempre para m\u00ed un ser extra\u00f1o.\u00a0 Un hombre que me intimidaba pero que me hablaba con voz de melcocha. Una madrugada le clavaron tres veces un cuchillo (de esos que no dejan que la sangre fluya hacia fuera): en el vientre, cerca del coraz\u00f3n y a un ladito de un pulm\u00f3n. La almarada hizo que se ahogara en sus propios leucocitos.\u00a0 Recuerdo la noticia en medio de la noche. Por aquel entonces dorm\u00edamos en una misma habitaci\u00f3n mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Recuerdo el sonido del tel\u00e9fono. Recuerdo la entereza de mi madre y el derrumbamiento de mi padre. Siempre he recreado en mi cabeza el lugar y el momento en que muri\u00f3, con tanto cuidado en los detalles que a veces dudo si es o no cierto. Lo veo en el parque del duro y amenazante barrio El Porvenir, all\u00ed donde se criaron y conocieron mis padres. Me lo imagino all\u00ed, en ese parque de bancas blancas de concreto, divagando, dando tumbos, perdido en un c\u00f3ctel hecho con una buena base de alcohol y alguna droga marginal, y veo a un hombre que es una sombra y lo alcanza, y mi t\u00edo, en medio de su vuelo, s\u00f3lo siente el aire que se mece cerquita, que es como se siente cuando alguien se acerca. Y el cuchillo se hunde entre el breve espacio que hab\u00eda entre su piel, sus \u00f3rganos y sus huesos; una vez, otra vez y otra vez. As\u00ed. Fin. El t\u00edo Edgar muri\u00f3 solo mientras nosotros dorm\u00edamos al otro lado de la ciudad.<\/p>\n<p>Aparece mi primo James.\u00a0 El hijo de mi primer t\u00edo muerto. \u00c9l era un cantante de arrabal, de esos de voz quejumbrosa que entona canciones de carrilera. Era un trabajador de la noche y le deb\u00eda su sueldo a las penas de amor.\u00a0 Y por amor, dicen, se llev\u00f3 un tiro en la cabeza. Su muerte vino de la mano de un malandro que le busc\u00f3 en la taberna oscura donde cantaba en una madrugada. Cuando apareci\u00f3 por all\u00ed le hizo llamar fuera.\u00a0 Mi primo sali\u00f3, recorri\u00f3 10 pasos hacia delante, meti\u00f3 la mitad de su cuerpo por la ventanilla de un carro todoterreno, quiz\u00e1s un Montero, de esos de cristales oscuros. Una vez dentro, sin m\u00e1s, un balazo en la cabeza. Dicen que fue un ajuste de faldas. Un pseudo narco pasando factura me dej\u00f3 en el recuerdo una tristeza sumergida en el laguito de sangre en el que se fundi\u00f3, para siempre, la mirada intensa de ojos negros de mi primo.<\/p>\n<p>Y as\u00ed han estado viniendo mis muertos, uno a uno, tray\u00e9ndome sus finales. He llamado a mi madre para contarle que andan por aqu\u00ed, llen\u00e1ndome de adioses los d\u00edas, las noches y este trayecto de regreso a Madrid desde Valencia. Ella los recuerda a todos conmigo y me confirma que esos finales fueron as\u00ed, tal cual, pura realidad, nada de fantas\u00eda<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Voy a 284 kil\u00f3metros por hora y a\u00fan as\u00ed mi t\u00eda Ligia me persigue en el pensamiento; en realidad, lo hace desde hace d\u00edas. Recuerdo la sensaci\u00f3n \u00e1cida en el coraz\u00f3n al hablar con ella pocos d\u00edas antes de su muerte, recuerdo claritas sus palabras sumergidas en lagunas de morfina. 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