
La maleta está abajo, en el portal.
¿Dónde más esperabas que estuviera?
Dices sí y te quedas; pero dijiste no, entonces te vas.
No se pueden los términos medios. No se puede mantener la cama puesta, esperando a que tu camiseta se funda con la mía, si en tu cabeza habita el no; aunque yo sepa que ese no es un sí cobarde en el fondo de tu garganta, en el medio de tu pecho y abajito de tu ombligo.
En la maleta entró todo, incluso lo que no te di: los cactus que te compré cuando querías un cactus; la sal que te traje de Maras, esa tierra de la que brota sal porque sí; una máscara muy festiva que te traje de un lugar aún más al sur; un montón de palabras en notas escritas, y otras en forma de bulto en la garganta que no te dije; unas latas de cervezas que ya me bebí; el té negro que compré para cuando despertaras; un aceitito para tus codos, el bote de picante portugués, la camiseta de rayas que se me antojó comprarte, los ingredientes para la tarta de chocolate que me propuse prepararte; la peli que te gustó y que me gustó y que decidí comprar para que repitiéramos juntos; una foto que me hice pensando en ti, una cena ahí afuera, las calles cerca del mar, una tarde de silencio en verano, una canción que se me olvidó hacerte escuchar…. ¡Bah!, son demasiadas cosas ya.
Recoge la maleta de una vez. Si echas algo en falta, llama a la puerta, no subas, ya te bajo yo lo que precises.
Y cuando te eches a andar con ella, no te gires a mirar, que lo hecho, hecho está. Y si miras de más, igual te conviertes en estatua de sal.