Un paseo

U
Autorretrato. Madrid, España. Agosto de 2013

Andando a toda velocidad la brisa se siente más. Es el frescor en su más amplio sentido de expresión, un vientecito que parece más puro.

Camino rápido por las calles de esta Madrid que aún sigue desnuda de su gente. En el centro de esta ciudad distraigo a mis monstruitos. Intento, como ella en el verano,  desnudarme de los seres oscuros que me habitan, mandarlos a de vacaciones, a veranear. Me detengo en una esquina, justo cuando la calle Fuencarral se adentra en Malasaña, intento coger más aire. Arriba es gris: el cielo después de un verano intenso. El aire huele a lluvia. ¿Será el otoño que ya está aquí? ¡Bienvenido!

Ahora camino menos rápido, más atenta, más tranquila. Un tumulto de gente reclama mi atención y un grupo de negros hiphoperos me arrancan gratis un par de sonrisas. Los monstruitos se entretienen. Unos pasos más y hay poca gente en las tiendas sin rebajas. Las heladerías están vacías. Las terrazas llenas de guiris con sus tintos de verano. Aquí también hay zapatos y cosméticos naturales. Y a esta altura, un violinista me hace dulce el paseo. Los monstruitos se diluyen. Está la tienda de corbatas y en seguida, Gran Vía. A la derecha, un atardecer rojo pelea con el cielo gris… y yo sin mi cámara.

Avanzo, ¿la tienda de ropa o la librería? La librería. En las escaleras eléctricas comparto viaje con un adolescente y su madre. Él me mira en el espejo de la primera planta. Me sonríe y tropieza, y entonces se aferra a su madre. Voy hasta la 3ª planta, me entretengo entre libros de colores: una fiesta de guías de viaje. Regreso otra vez a la calle. Un travesti con edad de jubilado, con más de un metro ochenta, con los labios pintados de rojo y las piernas entumecidas por alguna enfermedad, me pide una moneda en la boca del metro. Ya se hizo de noche y este hombre-mujer es bella como las luces de fondo. Cruzo la esquina y sonrío: los monstruitos se me han caído dos calles atrás.

Hay dos escenas: una, una pareja, enredada contra una pared, besándose como la primera vez. Otra, un chico de camiseta a rayas, sentado en una banca, tiene la mirada fija en un cartel. Son dos bonitos retratos… ¡y yo sin mi cámara! Entonces huele a pizza: ¡mi dieta!.

Me gusta una tienda con luces rojas de neón, todo un escaparate de sangre que circula por un tubo de gas. Los hiphoperos ya se han ido, los guiris también. Atravieso el parque vacío y no llevo puesto ni un solo monstruito.

Han sido en total 4,6 kilómetros, estoy de nuevo en casa. Me voy a la cama; primero, fuera maquillaje, rico meterme en el pijama. Me tumbo con las rodillas en el pecho. Repaso el recorrido: este paseo me ha servido para no contar ovejas.

Comentar



Carolina

Soy Carolina González González. Soy colombiana y vivo en España. Estudié Comunicación Social y Periodismo y Marketing. He trabajado durante muchísimos años en Marketing y Comunicación empresarial. Sin embargo, nunca he dejado de escribir; hay algo dentro de mí que me anima a escribir todo tal y como lo veo y, sobre todo, tal y como lo siento. Comulgo con que hacemos parte de la sociedad del cansancio. Y precisamente, para hacerle un poco el quite a ese cansancio, quiero seguir escribiendo.

Archivos