
Me desperté con la boca reseca y un ligero dolor en el estómago. En pleno verano me sentía zambullida en hojas secas de otoño pero sin sus árboles coloridos por todas partes. Todo crujía: la cabeza, la habitación, el balcón, la calle…
El aire no corría y estaba todo revuelto. Dentro y fuera parecía que un huracán hubiese pasado sin prisa alguna.
Me miré al espejo y detecté un color amarillento que desde la piel había invadido mis ojos. No parecía yo. Enjuagué mi cara para intentar quitarlo, pero el amarillo ya se había apoderado de mí, toda mi piel, mis escleróticas…
Pensé: estoy en un sueño. Pero hasta ese pensamiento se tiñó de amarillo y se desvaneció en el crujir de las hojas. Me sacudí el cuerpo como en un acto reflejo. Me sacudí el tiempo. Miré por la ventana: ¡ni un alma! Me rasqué las piernas simulando aliviar un picor que no tenía. Intentaba que el día pareciera normal . Volví al baño, preparé una toalla que resultó estar más blanca que de costumbre. Abrí el grifo buscando encontrar de golpe la temperatura ideal para descomprimir el crujir y que mi piel volviera a su sitio, pero el agua no corrió. Pensé: estoy en un sueño. Pero el crujir se hizo aún más fuerte. Entonces sentí ganas de llorar.