Los muertos que me visitan

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Cementerio de la Recoleta. Buenos Aires, Argentina. Abril de 2011.

Voy a 284 kilómetros por hora y aún así mi tía Ligia me persigue en el pensamiento; en realidad, lo hace desde hace días. Recuerdo la sensación ácida en el corazón al hablar con ella pocos días antes de su muerte, recuerdo claritas sus palabras sumergidas en lagunas de morfina. El cáncer la venció. Es ella quien me ha derivado el pensamiento en todos mis muertos. Los repaso, los cuento, recuerdo sus finales. Sobrecogida avanzo entre un par de muertes naturales y otras inducidas, pero en todos los casos dolorosas. Son recuerdos amorfos porque aparecen en medio de una nubosidad que siento que mezcla la realidad con la fantasía.

Mi abuelo se durmió para siempre cuando yo tenía 7 años. Se le cansó el corazón. Dos imágenes me quedaron de ese momento: una, fuera del hospital, en la calle gris y humeante que vigila al Seguro Social de Versalles, cerca de la rotonda.  No sé si era la mañana o la tarde pero sé que hacía un calor infernal como suele ser el calor en mi Valle de azúcar. Recuerdo estar cerca del Renault 4 amarillo de mi abuelito y desear con todo mi corazón de niña pequeña que él se asomara a la ventana del hospital, como una Julieta buscando un Romeo, que me agitara su mano y me saludara, o al menos me dijera adiós. La segunda imagen es en casa de mi abuela, en medio de un aire espeso que contenía miedo, nervios y desespero, me soltaron la noticia. Me desplomé. Recuerdo que al despertar me dieron de beber algo caliente, estaba sentada a los pies de una cama, con los ojos muy abiertos y con la garganta áspera de gritar: una niña buscando comprender.

Fue esa mi primera y más dolorosa muerte. Mi abuelos es un recuerdo dulce que, aún hoy, me habita todo el cuerpo.

Mi tío Jaime, el hermano mayor de mi madre, era un hombre tremendamente triste que vivía hundido en un pasado que le tenía el alma invadida de llagas. Tengo la sensación de haberlo visto pocas veces en mi vida. Pienso en él y soy consciente de que ahora mismo se me frunce el ceño. Sus ojos son los ojos más tristes de mis recuerdos. Lo veo con su barba colorada, sus ojos claros y sus manos grandes, siempre está vestido en mi mente con una guayabera. Un día la tristeza lo venció. Se tomó un raticida porque quería, desde hacía ya mucho tiempo, que ese mundo gris donde habitaba se volviera de una buena vez negro y silencioso. Pero el raticida no le ganó a su vida. Así que pasado un tiempo lo intentó de nuevo: pastillas y licor. Y así apagó la luz para siempre.

Tengo otro tío muerto. Edgar, el único hermano de mi padre. No me gustaba su voz, ni su riguroso parecido físico con mi papá. Fue siempre para mí un ser extraño.  Un hombre que me intimidaba pero que me hablaba con voz de melcocha. Una madrugada le clavaron tres veces un cuchillo (de esos que no dejan que la sangre fluya hacia fuera): en el vientre, cerca del corazón y a un ladito de un pulmón. La almarada hizo que se ahogara en sus propios leucocitos.  Recuerdo la noticia en medio de la noche. Por aquel entonces dormíamos en una misma habitación mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Recuerdo el sonido del teléfono. Recuerdo la entereza de mi madre y el derrumbamiento de mi padre. Siempre he recreado en mi cabeza el lugar y el momento en que murió, con tanto cuidado en los detalles que a veces dudo si es o no cierto. Lo veo en el parque del duro y amenazante barrio El Porvenir, allí donde se criaron y conocieron mis padres. Me lo imagino allí, en ese parque de bancas blancas de concreto, divagando, dando tumbos, perdido en un cóctel hecho con una buena base de alcohol y alguna droga marginal, y veo a un hombre que es una sombra y lo alcanza, y mi tío, en medio de su vuelo, sólo siente el aire que se mece cerquita, que es como se siente cuando alguien se acerca. Y el cuchillo se hunde entre el breve espacio que había entre su piel, sus órganos y sus huesos; una vez, otra vez y otra vez. Así. Fin. El tío Edgar murió solo mientras nosotros dormíamos al otro lado de la ciudad.

Aparece mi primo James.  El hijo de mi primer tío muerto. Él era un cantante de arrabal, de esos de voz quejumbrosa que entona canciones de carrilera. Era un trabajador de la noche y le debía su sueldo a las penas de amor.  Y por amor, dicen, se llevó un tiro en la cabeza. Su muerte vino de la mano de un malandro que le buscó en la taberna oscura donde cantaba en una madrugada. Cuando apareció por allí le hizo llamar fuera.  Mi primo salió, recorrió 10 pasos hacia delante, metió la mitad de su cuerpo por la ventanilla de un carro todoterreno, quizás un Montero, de esos de cristales oscuros. Una vez dentro, sin más, un balazo en la cabeza. Dicen que fue un ajuste de faldas. Un pseudo narco pasando factura me dejó en el recuerdo una tristeza sumergida en el laguito de sangre en el que se fundió, para siempre, la mirada intensa de ojos negros de mi primo.

Y así han estado viniendo mis muertos, uno a uno, trayéndome sus finales. He llamado a mi madre para contarle que andan por aquí, llenándome de adioses los días, las noches y este trayecto de regreso a Madrid desde Valencia. Ella los recuerda a todos conmigo y me confirma que esos finales fueron así, tal cual, pura realidad, nada de fantasía

 

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Carolina

Soy Carolina González González. Soy colombiana y vivo en España. Estudié Comunicación Social y Periodismo y Marketing. He trabajado durante muchísimos años en Marketing y Comunicación empresarial. Sin embargo, nunca he dejado de escribir; hay algo dentro de mí que me anima a escribir todo tal y como lo veo y, sobre todo, tal y como lo siento. Comulgo con que hacemos parte de la sociedad del cansancio. Y precisamente, para hacerle un poco el quite a ese cansancio, quiero seguir escribiendo.

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