En mí cabe de todo 

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Autorretrato en Guimarães, Portugal. Verano de 2013

En mí cabe de todo.

Tanta amplitud cansa.

Cabe el sorbo que doy a esta copa de vino, la canción en la que la señora Mercedes y la pequeña Julieta, entre una mezcla de lamento y marcha, cantan: “…mi sangre después de haberse vaciado de mí, calienta como el sol / Soy de los descalzos y estoy cansado de este color que pesa más que yo…”.

Caben los cuarenta minutos dando vueltas en círculos alrededor de mi casa para buscar aparcamiento, con lo cual, cabe la horda de visitantes que se apodera poco a poco de las calles de mi barrio y de sus nuevos letreros luminosos en el centro de Madrid: cabe la gentrificación.

Cabe el terror descomunal cuando me enfrento cada seis meses a los resultados de la ecografía de mama, así que cabe el nuevo bultito que descarto y que, solo en mi cabeza, pone mi permanencia en el mundo entre la espada y la pared.

Cabe el dolor de perderme los disfraces que ha vestido mi sobrino cada año para celebrar la noche de Halloween.

Cabe mi inseguridad, cada hora, allí dentro, aquí fuera.

Cabe el desasosiego contradictorio de la distancia y de la ausencia.

Caben mi colesterol alto y el aneurisma de mi abuela.

Caben las lágrimas diarias de mi madre, el olor a muerto de mis muertos y el olor a muerto de los muertos de Buenaventura en las casas de pique, y de los muertos perdidos en los cerros de Iguala.

Cabe el emputamiento eterno de mi padre con el mundo entero.

Cabe el virus que pillé el fin de semana y el dolor de cabeza que no se va desde entonces.

Cabe el acuerdo de la exención de visado recién firmado, así que cabe la posibilidad de que venga a visitarme mi madre. Y también cabe el poco dinero en mi bolsillo que ahora lo convierte todo en impotencia.

Caben mis lágrimas redondas cuando repiten esa musiquita y recuerdo la ventana triste a la que volvía, sola, cada día, en el San Fernando alto y viejo, a mis veintipoquitos.

Cabe la luna llena que vi ayer y que de bonita me aplastó; no soy nada.

Cabe el miedo a que él se vaya, a que le de igual que yo esté o no.

Caben, mientras voy al trabajo, las canciones de Niche que me arrastran entre la bendita nostalgia traicionera. Caben, igual, las voces de Radio Nacional de España que me acompañan mientras me ducho y me recuerdan que el mundo se hunde a poquitos.

Cabe el aire que no me entra por la rinitis.

Cabe el sueño permanente, la hernia que no me deja olvidarla, la carne de todas las vacas y todos los embutidos con todo y su impacto medioambiental; el dolor de mis dedos porque no teclean más palabras, las nauseas permanentes, la sensación de no encajar, el río que nace en el Ártico porque nos lo hemos cargado, la desolación inminente que deja esta noticia y la contradicción al cerrar los ojos y obtener de ella una fotografía realmente bella; caben el aire enrarecido y contaminado por todas partes, la desconfianza en general…

Y puedo seguir, porque en mi cabe de todo.

Tanta amplitud cansa. Y vuelve a cansar.

Madrid, 30 de octubre de 2015

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Carolina

Soy Carolina González González. Soy colombiana y vivo en España. Estudié Comunicación Social y Periodismo y Marketing. He trabajado durante muchísimos años en Marketing y Comunicación empresarial. Sin embargo, nunca he dejado de escribir; hay algo dentro de mí que me anima a escribir todo tal y como lo veo y, sobre todo, tal y como lo siento. Comulgo con que hacemos parte de la sociedad del cansancio. Y precisamente, para hacerle un poco el quite a ese cansancio, quiero seguir escribiendo.

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